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1/7/14

1.7.09


por Luis Báez


Varias punzadas que le recorrieron el cuerpo como lombrices eléctricas lo hicieron sentir súbitamente desdichado. El calor y la demasiada presión de aquella noche no prometían mejoría. Agotado, se dejó caer sobre el sillón de la sala. Buscó el control entre los cojines y apretó play. El DVD empezó a correr. En la pantalla de menú seleccionó los comentarios en inglés.

Adelantó las imágenes del Orange Bowl, del público, de los ricos y famosos que entraban con sus puros caros, sus trajes elegantes y mujeres bellísimas colgadas del brazo, hasta que aparecieron los comentaristas hablando sobre la pelea, sobre las posibilidades, de entrada inimaginables, de un combate entre tan grandes boxeadores; uno, un peleador sublime que dilataba la belleza del deporte hasta lo imposible, una máquina exquisita y letal; el otro, un tornado de inminente aniquilación. Los dos (él mismo tan joven que ni se reconocía) saliendo por el pasillo y subiendo al cuadrilátero. Empezó a correr el primer round.

Poco antes que la campana terminara con el primer asalto adelantó la pelea hasta el treceavo. Lo dejó correr. Cuando en la pantalla empezaba el catorce, se tomó de un trago de lo que le quedaba de Gran Reserva en el vaso. Acomodó el puente de sus anteojos rectangulares sobre su tabique. Inclinó el cuerpo un poco hacia la pantalla, y miró con atención.

“Una, dos izquierdas”, pensaba, “solamente está midiendo. Todavía podría ser cualquiera de los dos”. Su mente y su mirada, que vagabundeaba por los pliegos de Plycem del cielo raso, regresaron a la figura de los dos peleadores en la pantalla: uno, dos, tres... La defensa del tricampeón sucumbía mientras Pryor inauguraba su obra maestra.

De su mente desapareció, por un segundo, el brillo rectangular de la pantalla y fue sustituido por un círculo profundo, un brillo que se movía al fondo de su ánimo. U brillo y reflejo de oscuridad entre la oscuridad. “Un anillo”, pensaba Alexis, “no un ring. Bueno, sí, allá en Miami sí. A ring. A bowl... the Orange Bowl”. Recordó una noche distante, la de la pelea contra Mancini. “Are you ok? I love your father!”, se recordó diciendo. Y pensó en su propio padre. “Yo amo a mi padre, a pesar de todo. The most valuable thing you have, Mancini”. Cuatro, cinco, seis... siete, pasó por arriba.

“Lo único valioso que tengo”, pensó ante la gran pantalla de cristal líquido pensando en sus hijos... “soy lo único valioso que ellos tienen también”. Los golpes caían como una lluvia de adoquines. “No hay defensa. Ya no puede ser cualquiera de los dos. Él era bueno, de verdad que era peleador increíble”, se decía Alexis en la sala iluminada por la luz oscilante del televisor “de verdad que perdí ante el mejor. Not like that kid Mancini, me dijo aquella vez, durante el pesaje. Aunque, la verdad es que yo también vine de la calle. Eso sí no me gustó, que me dijera que él nació en la calle, sin zapatos. Same thing happened to me. Pero eso sí, no teníamos nada pero teníamos zapatos porque mi papa los hacía. Cebollón, así lo conocían en el barrio”. En la pantalla, Pryor lo mandaba hacia las cuerdas y Alexis bajaba la mirada, tal vez porque se quería ver destrozado, como hace mucho no lo hacía, o quizá recordó el comentario sobre los zapatos.

Algo así como que el sexto golpe de los veintitantos fue el que lo hizo retroceder hasta las cuerdas. Su zapatos, y él los vio, trastabillaron torpemente desde el centro hasta el borde del cuadrilátero, como dos palomas heridas a las que uno ya tiene rodeadas y está a punto de cazar.

“Tendría yo ¿qué? ¿seis años? Yo lo miraba entre lágrimas. No comprendía, entonces él era tan fuerte. No se rindió”.

Cuando rebotó contra las cuerdas, los ojos se le cerraron por un segundo que comprendía una gran área blanca, o lechosa, un segundo que no era tiempo ni espacio, un segundo que era nada, y por tanto, era eterno. La última imagen era la de aquel negro de piedra, una verdadera ave de caza destrozándolo sin piedad. Por reflejo, levantó inútilmente la defensa. Ya ni los contaba...¿Diescisiete, quince, veinte?

De pronto imaginó lo que su padre pudo haber visto desde aquel pozo en el que una vez se intentó matar. No entendía por qué. No pensaba en otra cosa. “Y qué iba a ver. Nada. Negrura líquida revolviéndose en la oscuridad”.

Pryor lo destruía, Alexis hace rato había perdido la conciencia.

“No hay mejor lugar para morir. A ver, ¿cuál hubiese sido su última visión? Un túnel muy oscuro con una luz al final, y su cuerpo muriendo entre algo líquido. Agua, lodo, mierda. ¿No es eso la muerte?”

Echó una larga y oscura mirada a la habitación. No miraba la habitación. Miraba su vida, en un segundo, todos los hechos superpuestos y alternándose. Ya al final, la campaña, los del partido, la gente de los barrios. Campeón, lo llamaban otra vez. Él realmente le quería regresar algo a esa gente, los recibía todos los días en su oficina. “Esta es mi última gloria. Lo tenía en el cuarto round, pero necesitaba aprender esa lección”...

Sobre la caja del DVD se desmoronaba el último cerrito de coca. La levantó y se la puso sobre las rodillas. 23 golpes y Alexis estaba en el suelo. “Clase pelea”, pensó. Presionó el botón de menú, y puso los comentarios en español. La campana volvía a anunciar el primer round. Con el filo de su cédula arrastró el cerrito de coca y aró tres surcos blancos, el título del DVD quedó descubierto: Arguello vs. Pryor. 1982, The Orange Bowl, Miami.
“Sí, mi padre quiso morir ahí, en un bowl, en un ring... en un pozo, pues. No, él no hablaba inglés. Realmente quería morir. Realmente no sabía si había agua o no al fondo del pozo. Que había agua fue lo que lo salvó. Probablemente solo había escuchado que la gente así se mataba. Todos oímos el agua revolverse de repente. No me pareció increíble. En realidad el hombre se sentía solo. Agobiado de tantas responsabilidades. Digo, ocho hijos en esa situación, no es cualquiera. Tenía derecho a echarse sus tragos con sus amigos. Ocho hijos”. Alexis levantó su mano izquierda y la puso ante su rostro. Vio la cicatriz. Vio a sus siete hermanos sentados a la mesa. Vio su propia mano izquierda tratando de alcanzar un segundo trozo de carne e inmediatamente el brillo plateado del tenedor de su hermano que se ensartaba en su palma la traspasaba.
“Y cuando llamamos a los bomberos y seguía vivo. Puta, eso es determinación. Ellos le tiran una silla amarrada a una cuerda para sacarlo del pozo al que se acaba de tirar y ¿qué fue lo que él hizo? Soltó el mecate de la silla y lo volvió a amarrar alrededor de su cuello. Bueno, trépenme, gritó desde el fondo”.

Entonces, Alexis era un niño que esperaba ver a su padre emergiendo del pozo, tranquilamente sentado a la silla, como un rey de las cloacas. Un gran alivio luego de semejante horror. Pero no, su padre se había echado la cuerda al cuello y emergía empapado y convulsionando, con la lengua de fuera y la cara morada. Pero aún vivía.

“No porque él lo hubiese decidido”, pensó el campeón. “¿A mi alguien me ayudaría si sobrevivo?”

La imagen de Aaron Pryor destrozaba a la imagen de Alexis Argüello una vez más en la pantalla de cristal líquido. La figura de Alexis, recortada por la pantalla, se levantó de repente y presionó una mano contra el pecho. Con la otra apagó el televisor. Una brutal taquicardia lo asaltó de pronto, algo relacionado a su problema cardíaco, a la reciente recaída, a las amenazas e intimidaciones del partido, a los viajes a los que lo habían mandado para volverlo loco; “mucho bacanal y muchos vergazos no van bien”. Sentía en su pecho algo parecido a un pozo oscuro que latía desbordando oscuridad, infestado por toda clase de alimañas.

Pero en un pozo común y corriente, sin luz, a lo sumo, uno puede oler esto o sentir el roce de aquello, pero no, en ese pozo aún brillaba la luz inmaculada de un campeón, de un artista puro. Y gracias a esa luz Alexis no solo intuía a las cucarachas y los gusanos batiéndose entre el lodo y la mierda, sino que los miraba. Miraba como se arrastraban y lo rodeaban. Los miraba cubriendo las paredes y desmoronándose desde ellas. Los miraba lamiendo a sus hijos, a su gente, a su país. Los miraba por todos lados y ya la taquicardia era insoportable.

Caminó un rato por la casa, sin rumbo. Bajó a la cocina y se sirvió un vaso con agua.

Desde la ventana se podía ver una franja larga de cielo que parecía emerger de las enredaderas y de las espinas que cubrían el muro. Una larga franja de cielo morado, atravesada por un par de cables de electricidad y por unas pocas nubes breves y horizontales. De pronto advirtió una camioneta de la alcaldía que los vigilantes dejaban pasar. Lo recorrió un violento escalofrío. Sabía que a esa hora no podían buscarlo para nada bueno.

Vio el reflejo de su rostro aparecer en el círculo de agua cristalina que se movía dentro del vaso, donde también vio varios destellos que lo rodeaban, como diminutos reflectores y flashes de cámaras. Se lo empinó hasta vaciarlo. Mientras el agua le bajaba por la garganta y le caía como un iceberg en el estómago vacío, vio que dos hombres se bajaban de la camioneta.

Un temor que se fue transformando en una paz infinita y resignada, pero necesariamente pasajera, lo asaltó. Vio que uno de los hombres iba armado. El sol no acababa de salir. Respiró profundo y trató de alcanzar las escaleras.

De "El patio de los murciélagos" (2010) Costa Rica: Uruk Editores




16/6/14

Lo oculto-manifiesto en la Φύσις de Heráclito


por Luis Báez

 Φύσις (physis) κρύπεσθαι (krypesthai) φιλεΐ (philei). De esta forma condensa Heráclito, en §821, uno de los núcleos de su pensamiento.

En un primer acercamiento, podríamos traducir la frase, de forma literal y manteniendo el orden de los vocablos, como: “Naturaleza codificarse ama”. Sin embargo, para comprender las implicaciones que se derivan de la frase, es preciso valerse de las distintas interpretaciones que de ella se han hecho.

Debido a lo huidizo y problemático que resulta delimitar el concepto de phýsis, Jorge E. Rivera (2006) lo conserva en su traducción del fragmento, como vemos: “La phýsis tiende a ocultarse.” Y esto se debe a que la phýsis, sobre todo en Heráclito, posee un carácter dinámico y manifiesto que a la palabra naturaleza le es imposible significar. Por eso, tanto Rivera como Brun (1976) rescatan el término alemán Wesen, utilizado por Kranz para complementar el significado de die Natur. Así vemos cómo Kranz traduce de la siguiente forma: “Die Natur (das Wesen) liebt es sich zu vorbergen.” Wesen es una palabra que a la vez significa Ser, criatura, esencia, lo cual da a la naturaleza un carácter intrínseco de unidad primaria pero oculta tras la multitud fenomenológica en que se manifiesta.

Si tomamos en cuenta que el término Φύσις se desprende del verbo φυεῖν que significa crecer, surgir, avanzar, comprendemos la phýsis como el despliegue dinámico del Ser que, al estar siendo, manifiesta su movimiento en la forma de los fenómenos: un tramado que constituye la modalidad perceptible del mundo, es decir, la naturaleza.

Además del término Wesen, interesa apuntar la diferencia que Kranz hace respecto a Rivera al traducir φιλεΐ (philei) por liebt, es decir amar, que corresponde más con la raíz griega philos.

La phýsis, entonces, es un fluir de fenómenos a través de los cuales el mundo se revela, pero que, como flujo constante, para el humano, un ser determinado por la temporalidad y la espacialidad, resulta inasible, efímero.


Fácilmente podemos convenir que la naturaleza es una manifestación de orden fenomenológico y que el conocimiento más directo que tenemos del mundo es el que nos brinda los sentidos. Constantemente estamos experimentando un flujo de posibilidades que tan pronto se concretan dentro de la existencia son aniquiladas por una nueva. “Todo se mueve y nada permanece”, nos dice Heráclito en §827. Esto constituye el principio que da movilidad al mundo, Πόλεμος, la personificación mítica de la guerra a la cual Heráclito, en §761, convierte en alegoría del flujo inasible de la naturaleza, al hacerlo “padre de todo, rey de todo (...)”. Es la noche lo que le da su significado al día; es la muerte lo que rodea a la vida y la hace brillar entre la oscuridad de la nada; es siempre, en Heráclito, lo contrario lo que justifica y da movilidad al mundo, al acaecer fenoménico. La causa que normalmente es contraria a su efecto es lo que crea y aniquila, lo que provoca el flujo en la naturaleza. Tal es la ley de los contrarios que Heráclito invoca al decir en §768 que “el camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo.” Así, la vida y la muerte son, en esencia, dos caras de la misma moneda, que es la existencia humana. Esa existencia doble dentro de una unidad se aproxima al carácter múltiple de la phýsis.

Heráclito busca la verdad, y este mundo maleable, pasajero, que los hombres han llenado de múltiples opiniones, le parece insuficiente para ser expresión de la Verdad. Cabría, entonces, ver de cerca la palabra verdad y su acepción griega, ἀλήθεια. Este vocablo está constituido por el privativo (ἀ) y el verbo λήθη (lithi), que significa olvidar y ocultar. Así, acceder a la verdad adquiere el significado de des-ocultar, o sea descubrir, levantar el velo que cubre una realidad diferente a la que experimentamos a través de la percepción sensorial.

Heráclito plantea estas dos realidades co-existentes: una sensorial y una no-sensorial, sino racional. También plantea como fin del hombre tender hacia esa realidad última, o meta-sensorial y así lo expresa en Heráclito §762, al afirmar que “La armonía invisible vale más que la visible.”

Los acontecimientos sensoriales inundan el tiempo y el espacio con un tramado tan fino y profuso que llegan a formar un velo ante nosotros. Del otro lado del velo hay una verdad última, unitaria, codificada en ese tramado y en ese velo. La phýsis y sus fenómenos pertenecen al orden sensorial, pero son a su vez manifestación de esa verdad unitaria. Podría decirse que las manifestaciones sensoriales de la phýsis son el repertorio de símbolos (lenguaje) que permitiría inferir ese mundo meta-sensorial al hombre. Pero a la vez que lo muestran y lo manifiestan, lo limitan y lo falsifican; es decir, lo ocultan


¿Pero cómo podríamos decir que, siendo la phýsis una manifestación, ama ocultarse? O, más aún, ¿cómo algo que es revelación, manifestación, puede estar a la vez oculto?

Acerca de esto, Rivera ayudándose de una muy diáfana metáfora, nos dice que este Ser total que se manifiesta a través de la phýsis se comporta como la luz, pues a ésta “no la vemos, (sino que) vemos las cosas iluminadas por la luz” (Rivera, 2006, p. 136). Nosotros, los entes humanos, no solo estamos totalmente sumergidos en la naturaleza fluyente de la phýsis, sino que somos una manifestación más de esa naturaleza, tan insustancial y cambiante como todos los fenómenos del mundo. Entonces resulta difícil tener consciencia de este Ser, que lo impregna y que revela todo, desde la mera experiencia sensorial que, es su lenguaje pero, como todo lenguaje, resulta una representación de algo más profundo. Así, vemos cómo el Ser, el Uno, al manifestarse mediante la phýsis también se oculta.

Esto cabe perfectamente dentro de la dinámica heraclítea de los contrarios. El Ser, como objeto del conocimiento y la experiencia humana, es un proceso que se constituye de los contrarios ocultar-manifestar, necesarios el uno para el otro. Apeguémonos al concepto de mundo sensorial como lenguaje a través del cual el Uno se expresa. Para un lenguaje poder significar una cosa debe codificarla, es decir, convertirla en símbolos: confeccionarle una máscara, un velo. Así, todo lenguaje necesita ocultar para significar, es decir manifestar. Siendo ocultar la aspiración de toda expresión, podemos comprender cómo la phýsis ama o aspira a ocultar.

Pero, ¿qué quiere decirnos Heráclito cuando dice ocultar?

Acá llegamos al término κρύπεσθαι (krypesthai) –el verbo activo en Heráclito §821– que se deriva de κρύπτω (krypto), que significa oculto; de dicha palabra se deriva a su vez el término criptografía (κρύπτω-γράφως) que, según la RAE, designa el “arte de escribir con clave secreta o de un modo enigmático”. Apegándonos a esta definición, podemos inferir que el Uno se encripta, se codifica, a través de la naturaleza y su sentido es aprehensible para el hombre que no se aparta de la lógica común a todos (Heráclito §713). Esta razón es común porque expresa la verdad única de todas las manifestaciones y porque es la clave por la cual el Todo se vuelve comprensible para sus partes. A esta razón, la llamaremos λόγος (logos).

Imaginemos por un instante un ocaso: luces iridiscentes flotando sobre un horizonte que oculta al sol que las proyecta. No vemos el sol, pero percibimos la descomposición de su luz en colores diversos, y ese ocaso es indicio suficiente para comprender que tras el horizonte hay un sol que lo proyecta. Preferimos ver el ocaso porque es soportable, asimilable; si viéramos al sol directamente, nuestros ojos, incapaces de aguantar tanta luminosidad, se calcinarían.

De una manera similar el Uno, oculto tras el horizonte de nuestras posibilidades perceptivas, manifiesta una realidad cifrada, es decir, una serie de símbolos que ocultan un mensaje, pero que pueden ser interpretados gracias una clave. Esa serie de símbolos son las percepciones de los sentidos. Esa clave es el λόγος.

Un genio musical concibe una pieza que de momento solo existe oculta en su mente. Para manifestarla en forma de lenguaje se vale de cinco líneas sobre las cuales escribe símbolos que solo unos pocos conocen. Estos símbolos por sí mismos son indefinidos, no significan nada. La clave, que únicamente se encuentra al inicio de la partitura, determina el valor melódico y tonal de todos los símbolos que contiene. Al arte de leer y escribir ese lenguaje se le llama solfeo. En el caso del mundo según la visión heraclítea, el Uno sería la pieza, la phýsis las notas, y el logos la clave; pero esta clave ya no debe ser sensorial, sino racional y abstracta.

Vemos así cómo, a pesar de ser las manifestaciones sensoriales falsificaciones que estrechan el mundo para nuestra comprensión, son también el lenguaje que lo constituyen y, por tanto, lejos de ser desdeñadas deben servirnos como la notas de una partitura. Son (como cualquier lenguaje) el horizonte que a la vez limita y revela.


La utilización de la palabra bárbaros, en Heráclito §809, echa una luz sobre el campo donde, en el hombre, opera el logos. Mancilla Muñoz (2013), explica cómo el término griego βάρβαρος es una onomatopeya, la cual, más que un estado de civilización, en la antigüedad designaba el sonido balbuceante que, según la percepción del griego, emitía una persona extranjera que hablaba un idioma extraño. Es decir, bárbaro designa en la antigua Grecia a todo aquel que es ajeno a la palabra (λόγος) y, sobre todo, a la estructura racional sobre la cual el λόγος opera y capta el mundo, es decir el lenguaje humano. Así vemos cómo Heráclito percibe el lenguaje humano como el vehículo indispensable para transformar la modulación sensorial del Uno en un código abstracto aprehensible para la razón humana, sin el cual las sensaciones no tendrían significado. El lenguaje (no solo escrito ni oral, sino racional) se concibe como el Logos que ordena y da sentido al mundo.

Y hay que hacer énfasis en que Heráclito no se refiere a logos como la simple palabra hablada o escrita o como discurso teórico-práctico. Rodolfo Mondolfo (1989) es muy esclarecedor sobre este punto. Nos dice que “el logos que Heráclito expone es la verdad, la clave de la comprensión de la realidad universal” (Mondolfo, 1989, p. 162), haciendo así una distinción radical entre λόγος y ἔπος (epos: la palabra del vulgo, de los mitos, de la cual se deriva épica). Esta distinción seguramente surge de la cruzada que Heráclito emprendió contra los poetas (Heráclito §751), y termina por elevar “logos a la dignidad de palabra genuina, enunciadora de un contenido inteligente” y rebajar “epos al significado de lenguaje inexpresivo del vulgo” (Mondolfo, 1989, p. 156). Subraya Mondolfo el sentido de logos como clave al decir que el “logos (es) la parte más profunda de la filosofía heraclítea, la norma eterna que subyace en el flujo de los fenómenos”. Es decir, el logos, al ser un orden, es una ley, lo que es igual que decir que “el mundo es lógico porque un espíritu lógicamente pensante lo concibe” (Mondolfo, 1989, p. 158).

El humano adquiere un papel gravísimo como ente ya no a la deriva entre el mundo de los fenómenos, sino como un cauce que le da orden y sentido. Gracias al logos el Uno a la vez se escribe y se lee a través de la manifestación múltiple de la phýsis y la captación sensorial de ésta a través del humano quien, no debemos olvidar, es una parte del todo que se manifiesta.

Borges formula esta idea estéticamente al decir en su relato Los teólogos que "cada hombre es un órgano que proyecta la divinidad para sentir el mundo" (Borges, 1974, p. 554). Si comprendemos mundo como manifestación de los sentidos, y siendo Borges un escritor profundamente influido por Heráclito y por Schopenhauer es así como debemos entenderlo, obtenemos la imagen de la totalidad como un ser que se manifiesta en una pluralidad de percepciones para conocerse a sí mismo. De aquí podemos derivar que el fin más pleno al que el hombre puede aspirar es conocer el Todo del cual forma parte.

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Referencias:

Heráclito en Eggers Lan, C.; Juliá, V. E. (1986). Los filósofos presocráticos, vol. 1. Madrid: Editorial Gredos

Rivera, J. E. (2006). Heráclito el Esplendente. Chile: Brickle Ediciones

Brun, J. (1976). Heráclito. España: EDAF

Mancilla Muñoz, M. (2013). Malos testigos son los ojos y los oídos para los hombres que tienen almas bárbaras. NHENGATU- Revista iberoamericana para comunicação e cultura contra-hegemônicas, 2, 3-4. Recuperado de: www.nhengatu.org/revista/index.php?journal=nhengatu&page=article&op=download&path%5B%5D=16&path%5B%5D=15

Mondolfo, R. (1989). Heráclito. Textos y problemas de su interpretación. México: Siglo XXI editores

Borges, J. L. (1974). Obras Completas. Argentina: Emecé


19/5/14

"La Manada"


por Luis Báez
del libro "El patio de los murciélagos" (Uruk, 2010)

En abril de 2004 una revista nada importante de Los Ángeles, dedicada a reseñar eventos y producciones independientes de metal en Latinoamérica, me envió, con gastos pagados, a cubrir el Memories from the Fire Fest, a realizarse ese año en San Pedro Sula. Fue entonces cuando supe por primera vez sobre La Manada.

En mis recuerdos, el concierto no duró más de nueve cervezas y cuatro highballs; en mi grabadora, cuarenta y dos minutos de impresiones y declaraciones de las bandas, del público, de los organizadores y de las autoridades policiales que, al finalizar el apresurado vaivén de bandas ticas, hondureñas, panameñas, salvadoreñas, nicas, mexicanas y la única gringa, ya contabilizaban un total de quince heridos, dieciocho detenidos (principalmente por posesión de estupefacientes y/o alteración al “orden público”), ocho asaltos denunciados y al menos veinte intoxicaciones etílicas. Las bandas habían sido una verdadera mierda, el sonido un asco y ahora tendría que buscar cómo inventarme una buena crónica para enviar a la revista. Estaba borracho (aunque no había bebido tanto) y la desolación en que había devenido el concierto me era sofocante. Me alejé algo mareado, entre una multitud de gente vestida de negro, bajo un cielo que parecía inhalar de improviso todo el aire que corría por el lugar.

Fuera del descampado las calles húmedas y violáceas de San Pedro se me antojaron como un enjambre inescrutable de putas y asesinos. Busqué la luna, pero no la encontré por ningún lado. Paré uno de los muchos taxis que pasaban por la calle, le indiqué la dirección de mi hostal, negocié un precio y me monté. El viaje en bus desde Managua me había dejado exhausto y sin ánimos de alargar la noche tomando, seguramente en los peores bares de la ciudad, con las bandas y los organizadores. Recosté la cabeza sobre el respaldar del asiento y me cerré la chaqueta hasta el cuello. El taxista me preguntó qué tal había estado el concierto. “Cansado”, le respondí, supongo que secamente, porque lo último que quería era en ese momento era entablar una conversación trivial con un desconocido. Aunque, para que no me tomase a mal (de madrugada, en un país extraño, la cortesía nunca está de más), le ofrecí un cigarrillo de mi paquete. Fumamos en silencio por unos cinco minutos mientras la noche se destrozaba a ráfagas contra el parabrisas. Cuando llegamos a la entrada de un residencial vimos las sirenas encendidas de dos patrullas de policía y una ambulancia; el taxista bajó la velocidad hasta casi detenerse, entonces le pregunté qué pasaba y sólo se encogió de hombros. Los policías hablaban con un vigilante que seguramente cuidaba aquel lugar, mientras un reportero tomaba notas con evidente fastidio y otro fotografiaba los cuerpos destrozados de un Labrador negro y de un Gran Danés que llevaba un collar azul. Al momento que pasamos por la escena el súbito alboroto de un flash rebotó contra cada pliegue del rostro sudoroso del vigilante como un puñetazo de plata y fotones que hizo refulgir su camiseta blanca de cuello en V, oscureciendo, por contraste, la mancha de sangre que se dilataba desde su hombro derecho, ahora cubierto por una gasa. Luego los flashes estallaban sobre los perros abiertos como flores. Mientras nos alejábamos lentamente la escena pareció quedar suspendida en un espacio ajeno a nuestro espacio físico, ajena al movimiento del universo. En algún momento se me ocurrió tomar una foto con mi cámara, pero me contuve. “Maras, seguramente”, me dijo el taxista, y se quedó en silencio. “Usted no es de por acá, ¿verdad?” preguntó luego. “No. Soy nica." “Ah, bueno, bueno”, dijo y volvimos a permanecer en silencio, fumando y echando breves miradas a la brasas, ubicándolas gracias a su pequeños desmayos anaranjados entre el frío y la negrura. Al poco tiempo llegamos al hostal. Pagué, di las gracias al taxista y me bajé. Mientras tocaba el timbre mis ojos se cerraban con aplomo.

Aunque me desperté poco después de las tres de la tarde, sentí como si no hubiese dormido nada. Había dejado la luz y la televisión encendidas desde la noche anterior y seguía vestido. Abrí mi laptop sobre la cama, me enjuagué la cara y, unos cuarenta minutos después, envié mi artículo y algunas fotos a los editores. Luego me duché, recogí mis cosas, le pagué a la señora del hostal y busque un taxi que me llevara a la estación.

En la terminal de Transnica compré un sándwich, una coca-cola y dos periódicos hondureños que leí luego de cruzar la frontera pues, durante el camino de Tegucigalpa a Las Manos, dormía plácidamente con la cabeza apoyada sobre el hombro de una anciana guatemalteca que tuvo la amabilidad de no quejarse del todo.

Al llegar a la sección de Sucesos de uno de los periódicos reconocí, intrigado, la escena que había presenciado la noche anterior. Me apresuré a leer la nota, donde el vigilante, Antonio Estanislao Hernández Mendoza, de diecinueve años, declaraba que a eso de las tres de la mañana, o a lo mejor un poco antes, un ruido lo había puesto en alerta. Al rato escuchó un alboroto, sin dudas, dentro de los límites del residencial; una especie de rugido de persona y varios gritos de perro, declaró. Sabía que los perros de una de las casas se escapaban por las noches, para vagar por el residencial, y pensó que alguien, tratando de cometer algún delito, los había herido. Entonces salió de la caseta con su rifle calibre 22 en mano, procurando no hacer mucho ruido. Al llegar al lugar de donde provenían los sonidos (un parque pequeño, de poco menos de un cuarto de manzana, donde los adolescentes del residencial a menudo llegaban a fumar marihuana y beber o coger en sus carros), Hernández Mendoza sintió un repelo que le recorrió toda la espalda y un alboroto entre los arbustos que había detrás de unas bancas. Entonces, sin dejar de apuntar con su 22 y con su foco de mano, se acercó y descubrió a un grupo de unos ocho hombres y mujeres, unos totalmente desnudos, otros medio cubiertos por jirones de tela muy vieja, en cuclillas o arrastrándose cubiertos de sangre y lodo. El vigilante aseguraba que no tenían tatuajes ni llevaban ropa, que eran adultos en su mayoría, que incluso había un anciano y un par de niños y que si no hubiese sido por esos niños, a quienes él mismo vio, hubiese pensado que se trataba de alguna manada de animales raros o desconocido; decía que los machos o los hombres llevaban barbas larguísimas que les cubrían el pecho y parte del abdomen y pelo largo y enmarañado, y que no, que definitivamente no eran mareros. Antonio Estanislao también narró cómo, al alumbrar el punto sobre el cual se reconcentraban, descubrió al perro de una de las casas destripado. Entonces empezó a sonar nerviosamente su silbato. Los tipos ni siquiera se movieron. Parecían estar demasiado concentrados en su matanza. Pero, de pronto, dos se incorporaron rápidamente, sin quitarle los ojos de encima a Antonio Estanislao. Ni sus miradas, aseguraba el vigilante en sus declaraciones, ni la forma en que se paraban y se movían eran las de una persona normal, si no más bien las de un animal; pero no la de un animal que el vigilante no conocía, según reflexionaba luego, si no, seguramente, la de uno que no existía. Los dos salvajes, ya totalmente erguidos, dieron unos cuantos pasos hacia el vigilante, mientras los otros seguían despedazando con las manos y los dientes al perro, como si nada fuera de lo normal estuviese pasando. Cuando el vigilante se disponía a hacer un disparo al aire, uno de los trogloditas (así los llamaban en el artículo de Sucesos) se le tiró encima y le clavó los dientes en el hombro hasta casi arrancarle un pedazo de carne, obligándolo a botar el arma. El que había atacado reptó rápidamente de regreso al resto de su manada, que huía por un cauce cercano, hasta que se diluyeron por completo entre la oscuridad. El vigilante, herido, recogió su arma y soltó varios tiros al aire. Luego echó un vistazo a los restos del perro, que eran, básicamente, un montón de tripas y órganos desparramados sobre lo que parecía una larga bandeja de huesos, costillas y vértebras aún incrustadas en lonjas de piel y carne, con la cabeza entera. Tres guardias más, que habían encontrado el cadáver de otro perro, llegaron a socorrer a su colega, y fue cuando avisaron a la policía.
Pese a los términos peyorativos con que se referían a la supuesta “manada de trogloditas”, y la clara intención sensacionalista del reportero de la sección de sucesos, y a pesar de lo grotesco del hecho, sentí menos repudio que curiosidad por aquel extraño grupo de atacantes. Entonces dejé de leer el periódico porque las curvas de Ocotal me producían un mareo bastante fuerte. Saqué mi laptop y puse una película; al rato me volví a dormir.

Cuando desperté eran casi las once de la noche y sobre Managua caía un aguacero que inundaba los cauces y las calles, pero que no alcanzaba a atenuar el calor casi palpable. Tomé un taxi a mi casa y dormí lo que quedaba de noche. Cuando desperté todo era gris y opaco, como cuando pasa un aguacero en Managua, con las calles exhalando ese vapor denso, pegajoso y cálido que no huele a lluvia ni a tierra, sino a Managua (a las cunetas, a las calles, a los cauces y a las caras de Managua) como si un poco del caos y el infierno de la capital ascendiera a los cielos.

Pasaron varios meses hasta que volví a saber de La Manada.

Varios meses que fueron, ahora lo veo claramente, una suerte de letargo. Una dinámica automática e inconsciente que me hacía ir de mi casa a mi trabajo en un call center, del trabajo a la casa, del trabajo a comer con algunos amigos nada interesantes, del trabajo a un bar, del bar a una disco, de la disco a un prostíbulo, del prostíbulo a la casa, de la casa al trabajo. Los sábados a la universidad. El tiempo en casa para estudiar y hacer trabajos, y nada de tiempo libre para la vida o nada realmente importante, nada de tiempo para cosas reales, puro interactuar y actuar como un maldito animal auto-domesticado.

Hace un par de años empecé a estudiar periodismo porque supuse que con eso eventualmente podría dedicarme a escribir; vivir de escribir, ese era el sueño. Recibir un sueldo por sentarme a escribir ocho horas al día, artículos perecederos y de calidad estándar, cosas fútiles, pero a escribir y seguramente a (mal)vivir de ello al fin y al cabo. Pero la realidad es peor aún, porque trabajo en un call center, únicamente porque ahí gano mucho más que como reportero o redactor; así de simple. Que de ser escritor no se vive era algo que no ignoraba, pero la frustración que me sobrevino al descubrir que ser periodista en Nicaragua tampoco paga, me llevó a trabajar en un call center, a vender mi alma, mi vida y mi tiempo a una maldita maquila de hastío. Sin embargo, tener un trabajo que paga relativamente bien es, en este país, un privilegio.

Dejé de escribir textos literarios hace unos tres años, cuando calculé que con el poco tiempo libre que me quedaba solamente podría dedicarme, y no tanto como me hubiese gustado, a la lectura o a la escritura, pero no a ambas disciplinas. Naturalmente, dado que sin lo primero lo segundo es imposible, me decidí por la lectura.

Tres años hace que me sumergí de cabeza a ese mar de brea y asfalto bullente que es la literatura, sin embargo, desde que volví de mi brevísima estancia en San Pedro, mi afición, u obsesión, hacia la lectura ha crecido, digamos, de forma enfermiza. He notado cómo mis noches, mis madrugadas, mis amaneceres y la mitad de mi sueldo quincenal han sido invertidos, sin recato alguno, en engrosar mi biblioteca, a la que en los ocho meses posteriores al viaje sumé unos 90 nuevos títulos. Y no había un libro en mi biblioteca que yo no hubiese leído.

Cada quince días me iba al Mercado Huembes y salía cargado de libros que tenía que leer antes que me cayera la siguiente quincena.

Así dejé, casi sin percatarme, de ir a discos, a bares, de conocer mujeres y buscar putas, de hablar con amigos, de dormir, de ver noticias, de saber del mundo. Con el tiempo también dejé de ir a la universidad los sábados, en parte para poder amanecer leyendo y poder seguir leyendo el resto del día. Leía mientras hablaba con clientes en el call center, leía en los buses, en las bancas de las paradas, en los bares, en los cementerios, en la playa, junto a los cauces, en las rotondas. Soy pésimo con los títulos, pero no me obsesionó de ellos. No recuerdo el nombre de ninguno de los libros que leí en todo ese tiempo, pero sí podría referir sin error y en detalle sus tramas y argumentos; también ignoraba el nombre de mis autores favoritos, aunque, por otro lado, había logrado memorizar los nombres de un grupo de autores de los quienes, en caso de toparme con sus libros en un estante, tenía que huir despavorido. Nombres de autores que plagaban las librerías de Managua, acechando, listos en cualquier momento para escurrirse hasta tus manos y hacerte pasar algo que ni siquiera tiene los relieves o texturas de una “mala noche”, si no más bien una noche aburrida e inútil, una noche plana. Una vez se me coló, por ejemplo, una novelita estilo Corín Tellado (hay nombres que es mejor sí conocer) pero que trataba de Adán y Eva en el Edén y, durante una semana, todo fue un desastre gris, rancio y vomitivo. En fin, desconocía o ignoraba, intencionalmente supongo, los nombres de mis autores favoritos, pero no sus estilos; si me ponían, por ejemplo, un cuento que yo no conocía de este francés que escribió sobre una señora que tenía un perrito al que termina tirando a un pozo, sabría de inmediato de quién se trataba.

De casualidad supe que se acercaba la navidad, y comprendí que necesitaría suficientes libros como para no salir de mi casa. No sé si quien lea esto (si es que alguien algún día llega a leerlo) ha pasado una navidad en Nicaragua, pero si la pasan fuera de su casa, si salen a caminar a los barrios e incluso a los residenciales, alternando, si tratan de entender cómo está pasando la navidad cada familia por la que pasan, quedarían con unas muy sinceras ganas de pegarse un tiro en el estómago y seguir caminando, asomándose por las ventanas, por las puertas abiertas hasta morir en un incendio de asco y horror.

Luego de salir de una de las librerías del Huembes, cargado de libros, caminé hasta la sección de las comiderías en busca de un Baho. Comí despacio mientras ojeaba una de las novelas que acababa de comprar. Cuando terminé mi comida el sol ya se había puesto, su última luz se vertía en un remolino de oscuridad morada y leve que parecía crecer lentamente desde el este, pero que era repelido por la luz de los tubos blancos que colgaban del techo de la comidería. Tenía que irme antes que oscureciera.

Llegué a mi casa ya cuando una noche colosal se levantaba por el este. Me acomodé en un petate de la sala y leí hasta caer dormido. Al día siguiente me levanté muy temprano y me subí en una ruta cualquiera para leer por un rato. Me bajé y tomé otra para seguir leyendo. Luego de una hora y media o dos, en las que tomé unas cinco o seis rutas al azar, me encontré en la esquina del Cine González, cerca del Malecón. Decidí leer un rato en el parque Rubén Darío, rodeado de arboles y huelepegas que surgían de las tumbas de Carlos Fonseca y Santos López, con el Teatro Nacional a mi espalda. Después de un buen rato encendí un cigarro y me dirigí al malecón.

Mientras me acercaba a la concha acústica advertí una densa polvareda que quedó suspendida en el aire tras el paso veloz del jeep de Acción 10. Se detuvo junto grupo de curiosos que gritaban y señalaban la costa del lago. Cuando me acerqué apareció el jeep de 22/22 y poco después el de Noticiero Independiente. Me sumé a los curiosos y vi cómo los flashes de las cámaras ungían de luz el cadáver que unos meseros habían encontrado intacto y fresco flotando en el lago. La muerte no había ocurrido hace más de seis horas, según declaró uno de los para-médicos al noticiero. Se trataba de una mujer de unos veintiocho años, pelo negro y muy enmarañado, totalmente desnuda, con una complexión física no muy común en una mujer de esa edad. La policía, que llegó unos quince minutos después que las unidades de los noticieros, dictaminaron que el cadáver no presentaba señales de violación o de violencia de ningún tipo, y comentó que si esto hubiese ocurrido en cualquier otra playa, y no en una del Xolotlán, uno hubiese pensado que se trataba de una bañista que simplemente se había ahogado, como algunos bañistas suelen hacer, pero que definitivamente nadie en su sano juicio se bañaría en las aguas contaminadas del Xolotlán, a menos que quisiese morir o que hubiese estado completamente drogada, lo que más tarde, gracias al examen del médico forense, fue descartado. La escena me produjo una especie de vértigo, y me marché a mi casa.

Para esos días había tomado vacaciones del trabajo, pues estaba inmerso en la lectura de dos novelas bastante extensas. Esa noche cené en una fritanguería. Releía el segundo capítulo de una de las novelas, donde un muchacho de Dublín caminaba por la playa con un bastón de fresno y con los ojos cerrados luego de salir de su trabajo en una escuela; avanzaba pendiente a cada sonido, a cada aleteo de tiempo y universo, hasta que advertí el televisor del local, donde pasaban un noticiero de nota roja.

Una reportera informaba que en las costas del Lago Xolotlán, a unos doce metros de donde el cadáver de una joven no identificada había sido encontrado esa misma mañana yacían los cuerpos de dos hombres, de cuarenta y pocos años uno y de más de sesenta el otro; a unos seis metros de esos cuerpos se encontraba un tercer cadáver, el de una niña de unos ocho años. Los tres, de nuevo, completamente desnudos y sin rastros de violencia física, con claros cuadros de asfixia por sumersión. Luego, un hombre que se identificó como habitante del sector aseguró ante las cámaras que se trataba de miembros de La Manada, que a él no lo engañaban esos jodidos, que no le cabía duda y que él era de los pocos de la zona que sabían de su existencia. Cuando le preguntaron qué era La Manada, dijo que no estaba seguro, que podían ser almas en pena, o monstruos que parecían gente o gente que se comportaba como monstruos, una manada extraña que había aparecido por la costa del Lago hace un mes o menos, cuando se empezaron a perder perros y gallinas. Cuando la reportera le preguntó qué era lo monstruoso, dijo que “no eran monstruoso, sino raros, como animales que andan desnudos, siempre juntos, que duermen donde los encuentra la noche, que cazan en grupo, cortan frutas y pescan con lanzas que son ramas o palos afilados que dejan tirados cuando se van del lugar; roban cosas pequeñas y sin valor que también dejan tiradas, no hablan ni tienen pertenencias, y que cogen, perdón, hacen el... el... el sexo pues, ahí frente a todos y sin ninguna vergüenza, y a veces son tres o cinco varones con una sola mujer o tres mujeres con dos varones o tres mujeres y ningún varón”. “Entonces usted asegura que ha visto animales o monstruos o almas en pena cazando y apareándose en las costas del Xolotlán”, señor, dijo la reportera entre risas. El hombre pasó un momento difícil antes de volver a responder. Al final, cuando vio que nadie lo tomaba en serio simplemente dijo algo entre dientes, algo como “sus madres hijueputas” o como “hijuelagrantrescientasmilputas”, y se marchó.

Esa noche no pude leer.

Me dediqué a pensar, pensar por cuenta propia como hace mucho no lo había hecho. A pensar a la deriva en un mar de agua y corrientes violentas, distinto a los mares o lagos artificiales, con marejadas de placas metálicas o de placas de hielo que se mueven con un orden, obedeciendo siempre a un principio estético, a meros artificios. Me encontraba esa noche en mi propio mar salvaje, brutal y proteico; un mar de hielo en el que tenía que esquivar grandes bloques con inscripciones ineludibles.

Cuando la noche se ponía por el oeste, como diluida en un resplandor que iba volviéndola rosada en el cenit y cada vez más amarilla en el horizonte opuesto, donde las estrellas sobrevivientes estaban apretadas, como buscando el amparo de los cerros, salí de la casa y vi unas pocas nubes delgadas que pululaban en el cielo como sonrisas de gato. Salí a caminar, esta vez sin ningún libro. Calculo que eran poco mas de las cuatro y veinte de la mañana. El sol salió, o lo advertí, luego de una hora, cuando ya caminaba cerca de la Loma de Tiscapa. Managua a esas horas es una cosa completamente distinta; un animal en metamorfosis, una ciudad que ronronea en la crisálida del alba. Pasan unos cuantos taxis con las luces encendidas. Alguna gente cruza la calle. Un señor en silla de ruedas. Tres mujeres que tampoco han dormido. Hay rocío en las hojas secas, en los alambres del enmallado. Un taxi se detiene y la ventana me devuelve mi reflejo, el de un extraño: la piel renegrida y hendida en dos cuencas profundas, lamiendo la calavera, ojos de demente y la maraña de pelo con las formas del viento.

Apoyé los brazos sobre el metal frío de la malla y perdí la mirada en la superficie de la Laguna de Tiscapa. Luego de diez minutos aparecieron los primeros cuatro. Nadaban por la Laguna y luego desaparecían entre los matorrales. Luego advertí a una mujer y un niño que se bañaban cerca de la orilla, cuatro más dormían a pocos metros. No lo pensé mucho y decidí bajar.

Crucé por un hueco que había en la malla y empecé a descender con cuidado, apoyando los pies en las raíces más firmes y agarrándome de las ramas y las raíces que sobresalían de la tierra. Luego de unos pocos metros escuché un rumor que ascendía rápidamente hacía mi. Casi de inmediato surgieron de los matorrales. Eran dos mujeres y un hombre, totalmente desnudos. Me detuve y traté de hacerles entender que mi presencia no representaba ningún peligro. Saqué un trozo de carne cocida que llevaba en el bolso y lo puse en el suelo. Lo miraron y luego me miraron con atención. Yo retrocedí un poco y una de las mujeres se acercó y cogió el trozo de carne. “Un regalo”, dije, y traté de decir lo mismo con mis gestos. Las piernas me temblaban y tenía las manos empapadas en sudor. Ellos lo sintieron. De pronto sentí cuatro brazos que me sujetaban de los tobillos y de las piernas. Ya tumbado en el piso rodé un poco hasta que vi un área de cielo de un azul descomunal que varios cuerpos desnudos fueron ensombreciendo. Sentí un golpe y perdí el conocimiento. Cuando desperté, ya me encontraba en este cuarto oscuro que alguna vez fue un calabozo. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero al menos conozco un poco más sobre La Manada.

Huele a mierda, basura y humedad. Hace quizá un día advertí que todo estaba oscuro, pero no cerrado. Por varios minutos palpé las puras tinieblas hasta que sentí la cantera gastada y mohosa de lo que supuse era una pared. La seguí hasta encontrar un hueco, una salida. Advertí que estaba en un pasillo o túnel pues la distancia de pared a pared era muy corta y tenía que andar en cuclillas. Seguí avanzando, con los ojos bien abiertos entre la oscuridad total, hasta que tropecé con un cerro de bolsas, hojas y ramas; luego volví a tropezar con algo que sonó como un montón de huesos. Me apresuré y anduve buen rato, perdido seguramente, entre interminables pasillos y túneles que se conectaban, hasta que divisé un resplandor, un haz, o un tubo de luz, que entraba desde una altura que yo nunca hubiese sospechado. No me han quitado mis pertenencias (mi lápiz y esta libreta); el haz de luz es suficiente para escribir e intuir todo lo que se mueve en estos calabozos de Tiscapa, donde el tiempo está como empozado. Esta es la última página que me queda y las fuerzas no me dan para más. Quisiera pensar que nada existe fuera de este huevo de luz (que cabe en mi mano). Quizá mañana sea uno de ellos o, quizá, me convenza de que nada de esto es cierto.